Había pasado un año desde la partida de Andrea. La habitación permanecía en silencio y Alberto estaba acostado en la cama. El muchacho sintió que el colchón cedía bajo un peso leve, conocido. Después percibió un roce en el antebrazo, preciso e íntimo.
Era ella.
Los dedos lo recorrían como siempre, con la pausa en la muñeca y el trazo lento hacia el hombro. La respiración ajena se insinuó cerca del cuello. Todo era como antes.
El aroma llegó después, tenue y familiar; luego se volvió más profundo, húmedo. Tierra mojada.
Los brazos lo rodearon. Nada más importaba. Ese contacto lo arrastraba hacia un punto donde la frontera entre ella y él no existía. El aroma se hizo más intenso, denso, cálido.
Entonces llegó el sonido: un pitido, lejano al principio; luego estridente, cegador. El roce desapareció. Las manos de Andrea se esfumaron entre las de Alberto. El peso y el aroma se extinguieron.
En la habitación del hospital, el monitor trazaba una línea recta. Alberto yacía inerte. Nadie esperaba que sobreviviera a la colisión. Minutos antes, los aparatos habían registrado un leve aumento en sus latidos.
Fue el último roce.
Imagen de Petr Ganaj en Pixabay
San Antonio de Escazú, 20 de marzo de 2026.
Escritor y editor. Este sitio reúne textos, proyectos y reflexiones personales.
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