Ocurrió anoche.

Venía del gimnasio luego de casi tres horas de entrenamiento. El viento hacía que los árboles susurraran; el ruido de los automóviles perturbaba la sinfonía de las ramas y las hojas. 

Ya en casa, me desvestí y metí la ropa en la lavadora. Todo estaba tranquilo, aunque no podía quitarme de encima la sensación de una presencia extraña. «Cosas de loca», pensé, mientras marcaba el ciclo rápido de lavado. Desnuda, subí las escaleras.

Cuando entré al cuarto, sentí un fuerte dolor en la parte de atrás de la cabeza. Confundida, llevé la mano al lugar del golpe y volteé. Aunque la luz del pasillo era tenue, logré distinguir qué era: un desconocido había entrado en mi casa. Me decía que esas «sensaciones de loca» eran advertencias que había ignorado.

El hombre me empujó contra la pared; prendí la luz, y entonces lo vi. Era una mole de hombros anchos y una altura cercana a los dos metros; la habitación parecía más pequeña.

Más por instinto que por pudor, tomé una almohada; cubrí mi cuerpo, o al menos lo que pude. El piso de madera estaba frío, y crujía mientras el gigante se acercaba. Su respiración era pesada, como la de un lobo acechando a su presa. Sus enormes manos parecían capaces de aplastar cualquier cosa que se interpusiera en su camino.

«Llévate la cartera», le dije. «No me hagas daño.»

Sonrió; era una sonrisa oscura, cargada de amenaza. Me tomó del cuello y me levantó sin mucho esfuerzo. Mi cabeza casi tocaba el techo, entonces, decidí actuar: Arrojé a un lado la almohada y golpeé los ojos del hombre. El movimiento lo tomó por sorpresa y se alejó; me había soltado. Me lancé hacia él y lo empujé. Cayó al suelo, como un árbol talado.

Se levantó, mascullando maldiciones entre dientes. Estaba rabioso, tal vez porque no entendía cómo alguien de sesenta kilos lo había derribado. Vi cómo su mano se movía hacia el cinto; sacó un cuchillo de su sobretodo.

Sentí cómo mi piel se abría cuando me acuchilló en el brazo izquierdo, el pecho y la frente. Retrocedió al notar que, en lugar de sangre, brotaba un líquido espeso y oscuro.

Fastidiada por la situación, me arrojé sobre él. Volvió a caer, esta vez, conmigo encima. Parecía disfrutar que estuviera desnuda, hasta que sintió el crac en su muñeca derecha y notó mi mirada serena.

Me levanté y dije que era suficiente, que aún podía irse. Adolorido y frustrado, empuñó un revólver. Como podía, me apuntaba con su mano izquierda. Recibí dos disparos; el cuarto se llenó de un olor extraño, aunque familiar para mí.

El rostro del atacante languideció después de observar que todas mis heridas habían desaparecido. Horrorizado, gritó: «¿Qué clase de maldición eres?»

Lo tomé por el cuello; siguió disparando, desesperado. Las balas se agotaron; solo se escuchaban los clics del arma, cada vez más espaciados, como el latido de su corazón. Cuando finalmente dejó de latir, solté a la mole.

Ahí estaba, con la garganta aplastada, inerte, parecía un títere sin hilos. Las sirenas ya estaban cerca; no tenía mucho tiempo. Bajé con el hombre a cuestas; tuve que partirle varios huesos para que cupiera en la heladera. Me dije: «Un depredador menos.

Escuché unos gritos, eran dos oficiales de policía, un hombre y una mujer. Me ordenaron abrir la puerta. Les grité que ya iba, y al verme salir, sudada y apenas cubierta con una pequeña toalla, se miraron entre sí.

Me dijeron que los vecinos habían oído disparos. La oficial le dijo a su compañero que ella se quedaría conmigo, mientras él hacía la inspección. «Yo también los oí», dije a la mujer. No encontraron nada. «Llame si nota algo raro», dijeron antes de irse.

En el siglo XXI la gente sigue pensando que los vampiros son criaturas de la noche, seres horribles, que vivimos en cavernas. ¡Qué equivocados están! Somos mucho más de lo que cuentan los mitos; no necesitamos castillos para vivir. Estamos en sus calles, sus gimnasios, sus barrios. Quizá sea mejor que sigan creyendo en los cuentos que escribió aquel tonto irlandés.

El desgraciado del ataque feroz me servirá de alimento por varios días. Por fortuna, le salvó la vida a un buen prospecto que ya había convencido en el gimnasio. 

San José, 6 y 7 de abril de 2021
San José, 13 y 14 de enero de 2024

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