Día 1
—¿Quiénes son ustedes?, ¿qué hago aquí?
—Soy Adrián, tu esposo. Marina, sufriste un accidente y gran parte de tu memoria se ha esfumado. Recuerdas algunas cosas imprescindibles, como hablar y leer, pero tus recuerdos no están. Él es Díscolo, mi mejor amigo.
—Sus rostros me son conocidos, aunque no los recuerdo. ¿En serio eres mi esposo? Sí, te reconozco, pero no por completo… ¡Por lo que más quieras, dime qué pasó!
—Estabas en la casa, la cocina explotó y quedaste en estado casi vegetal. Mira tus brazos, están llenos de heridas, pero los médicos hicieron un buen trabajo. Te costará caminar, aunque pronto será posible. Más rápido que tarde estaremos de vuelta a nuestra casa.
—Recuerdo la explosión… los gritos de la gente… estoy agotada.
—Descansa, pronto te recuperarás por completo.
Antes de salir, Díscolo observa a la mujer, quien percibe en la mirada algo que la deja inquieta, aunque no sabe qué.
Cuando la puerta se cierra, Marina siente una presión en el pecho y un leve temblor en los dedos. No duele, pero es extraño, pareciera que el cuerpo recordara algo que su mente oculta.
Día 4
—Hola, mi amor, ¿Cómo amaneciste?
—Mucho mejor. Ya di mis primeros pasos y recuerdo algunas cosas: fotos, cartas, pero es tan confuso, tan borroso, que… no logro dar por completo contigo.
—¿Ni siquiera nuestra boda? ¡Al menos tenemos nuestros anillos!
Adrián entrega a Marina el anillo que llevaba puesto. La mujer lo compara con el de ella y nota que son similares, que ambos tienen tallados la misma fecha. No recuerda la ceremonia eclesiástica, mucho menos la celebración y el viaje de recién casados.
Fija la vista en las iniciales grabadas en el interior del anillo. La tipografía le resulta familiar, y le causa un pequeño escalofrío, aunque no sabe por qué.
Las horas pasan; Adrián recita números, fechas y algunos eventos, pero la memoria de Marina sigue estancada. Frustrado, el hombre le da un beso en la frente a su esposa y se despide de ella.
Marina mira de nuevo el anillo. Lo gira, lo deja en la mesa, y durante un instante lo observa como un objeto ajeno a ella.
Día 5
—Ayer hablé con el médico, Díscolo. Dice que el tratamiento debe ser un poco más agresivo. ¡Es que nadie ve un puto avance en Marina! ¡Estoy desesperado!
—Entiendo tu frustración, pero hablamos del cerebro humano. El Mnemosín es un medicamento experimental: aumentar la dosis es exponerse a efectos imprevisibles.
—¿Tú crees que me importa eso ahora? Ya pasaron cinco días y Marina sigue atrapada en la niebla. No puedo esperar a que un milagro ocurra por cuenta propia.
—¿Y qué esperas que recuerde?
Adrián guarda silencio.
—Lo necesario. Lo que olvidó cuando ocurrió todo.
Díscolo baja la mirada. Se apoya en la barandilla del pasillo y toma aire.
—En ese caso, la dosis debe ser de 3 mg, aunque eso solo abrirá puertas… no garantiza que atraviese las correctas.
—No podemos correr riesgos. Entrega las instrucciones a la junta médica. Y asegúrate de que se aplique como está previsto, sin errores.
Silencio.
—¿Crees que ella sospecha algo?
—No lo sé —responde Díscolo—. Pero… a veces me da la impresión de que nos observa y nos miente, como si quisiera mantenerse tras las sombras.
Adrián cierra los ojos, aprieta el puente de su nariz.
—Te dejo a cargo, y si notas algo… lo que sea… actúa. Yo vendré en unos días porque el buró no me deja en paz.
Díscolo asiente, aunque su rostro parece más tenso que comprometido.
Día 7
—¡Maldita sea, Díscolo! ¿Qué hiciste?
Adrián entró al cuarto dando un portazo. Arrojó un expediente sobre la mesa con fuerza; las hojas volaron.
—Te dije claramente: tres miligramos. No seis. ¿Por qué no seguiste las malditas instrucciones?
Díscolo, junto a la ventana, respondió.
—Fue un error del equipo clínico. Recibieron una enmienda tuya, pero había ambigüedad. Pensaron que debía ajustarse la dosis. Dijeron que la firma estaba incompleta.
Adrián lo miró fijamente antes de abalanzarse sobre él.
Después de la andanada de golpes, Díscolo era un guiñapo ensangrentado en un rincón de la oficina.
—¿Hablas de ambigüedad cuando perdimos el único activo que controlábamos? Esta mañana fui a verla. No habló, solo me observó. pensé que había retrocedido, que todo iba para peor
—¿Entonces…? —preguntó Díscolo.
—El accidente destruyó parte de su memoria, pero la sustancia estaba diseñada para controlar el ritmo de recuperación, la sobredosis… trajo todo de un solo golpe.
—El Mnemosín…
—No activaba recuerdos, sino que iba directo al núcleo. A lo que era ella antes de la explosión.
Adrián recogió las hojas, las ordenó, y les dio una rápida mirada. La ficha decía:
Estado: neutralizada.
Protocolo de recuperación gradual activo.
Riesgo: contenido.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Díscolo, adolorido.
—Desapareció, no hay rastros de fuerza ni prisa. Revisé las cámaras del ala norte: nada. Alguien las apagó desde dentro. Tal vez ella misma. Ya no es Marina… Olga Ubitza está de vuelta.
Díscolo tragó saliva.
—¿Crees que va a buscar venganza? —preguntó.
—Ella no se mueve por impulsos, aunque es un error pensar que no recuerda lo que hicimos. Es una operativa completamente reactivada. Y nosotros… solo somos los que lo permitieron.
Díscolo guarda silencio, intenta recomponerse a pesar de la golpiza.
—De nuevo, la seguridad nacional está comprometida. Esta vez, nadie está listo para lo que viene.
San José, 8 de Febrero de 2023.
San José 13 de Julio de 2025.
Imagen de Parentingupstream en Pixabay
Escritor y editor. Este sitio reúne textos, proyectos y reflexiones personales.
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