Estoy en «The Blackout», un bar en la cuenca Isidis del planeta Marte. El nombre me trae recuerdos de la primera oleada de humanos que llegó acá. Ocurrió hace trece años, en 2172, mucho después de la creación de la atmósfera marciana.

El contingente inicial era de 1 428 personas, suficientes para establecer una pequeña comunidad experimental. La mayoría eran académicos, obreros y atletas de alto rendimiento, todos de entre 25 y 40 años, ya que ese era el perfil físico e intelectual necesario para poblar el planeta: científicos capaces de aprovechar los pocos recursos de Marte, obreros que construyeran estructuras prefabricadas y personas aptas para tener hijos sanos.

Siempre me pregunté por qué alguien dejaría la Tierra. No lo entendía, hasta que me di cuenta de que todos compartíamos algo: no teníamos familia. Esta era una misión suicida y, con seguridad, la mancomunidad quería evitar demandas o protestas si llegaba a ocurrir un desastre.

Las pequeñas plantas nucleares hicieron más sencillo el trabajo de colonización. La nanotecnología, los vientos marcianos y el uranio terrestre generaban suficiente energía para atender a 50 000 personas por varios años, un número muy superior al puñado de nómadas espaciales que colonizaron el planeta.

Pronto, la misión dejó algunas víctimas: muchos cayeron en depresión, sufrieron amnesia, trastornos de la personalidad. Algunos decidieron morir en el abandono y desaparecieron en los confines marcianos.

El tiempo pasó, la gente se acostumbró a los suicidas y la pesada monotonía fue interrumpida por un hecho impensado: un asesinato. En medio de un apagón, alguien entró a la casa de la víctima, la golpeó con un objeto contundente y luego la asfixió. El suceso fue conocido como «The Blackout», ya que ocurrió durante una falla de energía que facilitó el trabajo del asesino.

El culpable intervino alguna centralita y provocó el apagón. Lo demás fue simple: entrar a la casa, aprovechar la sorpresa, ejecutar el plan. Después, restableció el circuito y escapó.

—¿Cómo no lo resolvieron? —me dice un extraño luego de tocarme el hombro.

—¿Perdone? —respondo.

—Del caso «The Blackout».

—Nadie vio ni escuchó algo. Hay que dejar todo atrás. ¿Dónde estaba usted en ese momento?

—En mi casa, a dos millas del lugar. Me enteré del suceso meses después.

—No le creo. En este planeta todos hablaban de eso. No había muchas novedades… ¿por qué se enteró tan tarde?

—Soy uno de los tarambanas… o al menos ese fue el nombre que nos dieron los médicos.

—Claro, fue difícil adecuarse a la vida en este planeta. Para mí fue terrible. ¿Qué sintió?

—Mareos, falta de coordinación, ataques de pánico. La futilidad de la vida en otro planeta, la intrascendencia… cuando esas ideas se meten en la cabeza, acaban con uno. Luego vino el desvanecimiento. No fue sencillo salir de ese trance, ¡salud!

Sin darme tiempo a reaccionar, se marcha. La duda me ataca.

Paso la tarjeta electrónica sobre el mostrador; la cuenta queda saldada. Enseguida dejo atrás el bar y salgo a buscar al extraño.

Al verme, el hombre acelera el paso y desaparece entre las sombras; enseguida siento un fuerte golpe en la cabeza.

El hombre me ha atacado, quedo adolorido, solo. Insisto en seguirlo, pero no sé a dónde fue.

Después de reponerme noto que el lugar me resulta familiar, aunque no recuerdo haber estado aquí.

Encuentro una centralita eléctrica y acelero el paso.

No sé cuánto tiempo pasa ni cómo llego hasta el frente de la casa donde ocurrió el primer asesinato marciano.

Abro la puerta. 

Una mujer grita, desesperada.

Observo la sala. 

Un escalofrío me recorre desde la nuca hasta las piernas.

Salgo corriendo del lugar, mientras mi mente intenta unir varios fragmentos.

Sangre. 

Un apagón. 

Mis manos temblando. 

Silencio.

Soy el asesino.

San José, 20 y 21 de marzo de 2021

San José, 11 de junio de 2025

Imagen de WikiImages en Pixabay

Olinto Rodríguez-Atencio
Escritor y editor. Este sitio reúne textos, proyectos y reflexiones personales.
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